Punto de Equilibrio (Point of Balance Spanish Edition)

Una novela

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About The Book

En esta brillante novela, en la que el suspenso nunca termina, un renombrado neurocirujano se ve forzado a decidir entre terminar la vida de la persona más importante de los Estados Unidos o garantizar la terrible muerte de su propia hija.

No soy un santo, ni un mártir, tampoco un terrorista, un maníaco, ni asesino... Soy un padre. Esta es mi historia.

El Dr. David Evans es un reconocido neurocirujano en un hospital en Washington, DC, y un padre devoto. Pero pronto tendrá que enfrentarse al peor de los dilemas: si su siguiente paciente, que necesita una cirugía en el cerebro, sale del quirófano vivo, su pequeña hija morirá en las manos del despiadado psicópata que la secuestró, y él tendrá que ser testigo.

En el transcurso de las cincuenta y cinco horas frenéticas para llegar al momento de decisión en la sala de cirugía, el Dr. Evans tendrá que encontrar a su enemigo y hallar una salida para esta abominable pesadilla. Y, ¿qué tan lejos llegará para salvara a su hija?

“Una montaña rusa de miedo y suspenso sin precedentes en la literatura moderna” (Katherine Neville, autora bestseller del New York Times), Punto de Equilibrio lo mantendrá al borde de su asiento con escenas de acción rápidas y emoción cruda mientras un hombre se enfrenta a un imposible dilema moral que puede cambiar el curso de la historia.

Excerpt
Punto de Equilibrio 1
Todo comenzó con Jamaal Carter. Si no le hubiese salvado, las cosas podrían haber sido muy distintas.

Cuando sonó el busca me froté los ojos con furia. El sonido me había sobresaltado, y me desperté de mal humor. Desde luego que el entorno no ayudaba. La sala de descanso de cirujanos de la segunda planta olía a sudor, a pies y a sexo. Los residentes siempre andan más calientes que la freidora de un McDonald’s en hora punta; no me extrañaría nada que un par de ellos hubiesen estado botando en la litera de arriba mientras yo roncaba.

Tengo el sueño pesado. Rachel siempre bromeaba diciendo que para levantarme había que usar una grúa. Pero esa regla no se aplica para el busca: el maldito trasto consigue despertarme al segundo bip. Es la consecuencia de siete años como residente. Si no respondías al busca a la primera, el jefe de residentes se hacía un tambor con tu culo. Y si no conseguías un hueco para echar una cabezada durante las guardias de treinta y seis horas, tampoco sobrevivías. Así que los cirujanos terminamos desarrollando una gran capacidad para quedarnos dormidos y una respuesta pavloviana al sonido del busca. Llevo cuatro años como médico de plantilla y mis guardias se han reducido a la mitad, pero el condicionamiento continúa.

Palpé bajo la almohada hasta dar con el trasto. En la pantalla LED figuraba el 342, el número de la planta de neurocirugía. Miré el reloj cada vez más enfadado. Tan sólo faltaban veintitrés minutos para que terminase mi turno, y la mañana había sido movida, con un accidente de tráfico que había comenzado en Dupont Circle y terminado en la mesa de mi quirófano. Me había pasado tres horas recomponiendo el cráneo de un agregado cultural inglés. El tipo no llevaba aquí ni dos días y ya había descubierto por la vía difícil que en Washington se sale de las rotondas por el lado contrario al que se sale en Londres.

Las enfermeras sabían que estaba descansando, así que si alguien me había mandado aquella alerta debía de ser algo grave. Llamé al 342, pero comunicaba, así que decidí acudir a ver qué sucedía. Me remojé la cara en la pila del lavabo que había al fondo sin encender la luz. En aquellos días procuraba mirarme al espejo lo menos posible.

Salí al pasillo. Eran las seis menos veinte, y el sol se ponía ya tras las copas de los árboles en Rock Creek Park. La luz entraba a través de las enormes vidrieras y formaba rectángulos anaranjados en el corredor. El año anterior hubiese disfrutado de la hermosa vista, incluso mientras corría hacia el ascensor. Pero ahora ya no despegaba la mirada del suelo. El hombre en el que me había convertido no admiraba paisajes.

•  •  •

En el ascensor me encontré con Jerry Gonzales, uno de los enfermeros asignados a mi servicio, transportando una camilla. Me sonrió con timidez y yo le saludé con la cabeza. Era un hombre robusto, y tuvo que echarse a un lado para que entrase. Si hay algo que dos varones heterosexuales odian es rozarse en un ascensor, y más si, como nosotros, llevan muchas horas sin ducharse.

—Oiga, doctor Evans, gracias por el libro que me prestó el otro día. Lo tengo en la taquilla, luego se lo devuelvo.

—Da igual, Jerry, puedes quedártelo —dije agitando la mano para restarle importancia—. Yo ya no leo mucho.

Hubo un silencio incómodo. En otro tiempo hubiésemos intercambiado pullas o chascarrillos ingeniosos. Pero eso era antes.

Casi pude escuchar cómo se tragaba las palabras que quería decir. Mejor: no soporto la compasión.

—¿Le ha tocado el pandillero? —dijo al fin.

—¿Por eso me han llamado?

—Ha habido un tiroteo en Barry Farm. Las noticias llevan un buen rato hablando de eso —dijo señalándose la oreja, donde viajaban eternamente unos auriculares—. Hay siete muertos y un montón de heridos. Una guerra de bandas.

—¿Y por qué no los llevan al MedStar?

Jerry se encogió de hombros y se hizo a un lado para dejarme pasar.

Salí del ascensor en la cuarta planta, donde está el servicio de neurocirugía. El Saint Clement’s es un hospital pequeño, privado y extremadamente caro. Ni siquiera muchos de los habitantes de Washington han oído hablar de él. Situado en el linde sur de Rock Creek Park, cerca del puente Taft, es un lugar tremendamente esnob. Sus principales clientes son los residentes de Kalorama, buena parte de ellos extranjeros y altos funcionarios de las embajadas; gente sin seguro médico cuyos gobiernos pagan a regañadientes las enormes facturas. No es muy accesible en ningún sentido, ni es probable que hayas visto el Saint Clement’s al pasar por la zona. Para llegar al enorme edificio victoriano de ladrillo rojo y ventanas blancas tienes que ir a propósito.

Para mi disgusto, la política del hospital tampoco cree en el servicio público: a los accionistas les gusta mantener los gastos bajos y los ingresos altos. Pero afortunadamente, al igual que todo hospital de Estados Unidos, el Saint Clement’s está obligado a atender cualquier urgencia que llegue a su puerta. Y así es como me encontré con Jamaal Carter.

Estaba en el centro del pasillo, frente al puesto de las enfermeras. Un policía y dos paramédicos, con los uniformes empapados de sangre, lo escoltaban. Allá donde había tocado las zonas reflectantes de la ropa, el fluido vital había formado manchas negras y ominosas. Los paramédicos tenían el rostro desencajado y hablaban entre ellos en voz baja. Considerando la clase de mierda con la que tenían que lidiar cada día, tenían que venir de algo muy muy gordo.

Una de las residentes de urgencias estaba junto a la camilla con cara de circunstancias. Debía de ser nueva, no la conocía.

—¿Eres el neurocirujano? —me preguntó al verme llegar.

—No, soy el fontanero, pero me han prestado esta bata tan chula para que no se me manche el mono.

Me miró desconcertada durante un instante, y tuve que guiñarle un ojo para que supiera que hablaba en broma. Se rió, nerviosa. Siempre viene bien rebajar un poco la tensión a los chavales. Los internos suelen tratarlos como si fuesen caca de perro pegada al zapato, así que cualquier mínimo gesto humano es para ellos como un vaso de agua en pleno desierto.

Señaló al chico de la camilla.

—Varón, 16 años, Glasgow 15, herida por arma de fuego. Tiene 10/6, pulso 89. Está estable, pero el proyectil se ha alojado junto a la T5.

Le eché un vistazo al TAC que me alargó la residente para ver la situación exacta de la bala. No pintaba bien. Me incliné sobre él. El pandillero estaba boca abajo. Iba vestido con unos pantalones de rapero y una cazadora azul de los Wizards. Alguien la había desgarrado con unas tijeras para atender una herida superficial en el brazo derecho, cubierto de tatuajes. El otro brazo estaba esposado a la camilla.

A la cazadora le faltaba buena parte de la espalda. Allí donde debía de estar el escudo del equipo alguien había recortado un enorme espacio de tela, y en su lugar había un agujero de bala que apenas sangraba. El impacto le había alcanzado en la columna, entre ambos omóplatos. Sus constantes eran estables, su vida no corría peligro, pero la herida podía haber afectado al sistema nervioso.

El pandillero se quejó levemente, y yo me agaché para mirarle a la cara. Tenía los rasgos delicados, y estaba atontado por los calmantes. Le toqué en la mejilla para llamar su atención.

—Colega, ¿cómo te llamas?

Tuve que repetir la pregunta varias veces hasta que me contestó.

—Jamaal. Jamaal Carter.

—Escucha, Jamaal, vamos a ayudarte, pero necesito que me eches una mano. ¿Puedes mover los dedos de los pies?

Le quité unas Nike carísimas, que antes del tiroteo habían sido blancas y ahora eran de un vino sucio. Los dedos no se movieron. Presioné con la punta del boli en el centro de la planta.

—¿Notas esto?

Negó con la cabeza, muy asustado. Si aquel chaval había cumplido los dieciséis, yo era un buhonero polaco. Cada vez entraban en las bandas más jóvenes.

«Idiota, idiota, idiota», pensé.

—¿Qué está haciendo este chico aquí? —le grité a la jefa de enfermeras, que acababa de colgar el teléfono y estaba saliendo del puesto para acercarse. Se frotaba las manos nerviosamente.

—Nos lo han derivado del MedStar. Ellos están hasta arriba. Doctor . . .

—No me refiero a eso. ¡Digo que por qué demonios no está en el quirófano! Hay que sacarle esa bala inmediatamente —dije empujando la camilla.

Ella se colocó delante, impidiéndome el paso. Ni siquiera me molesté en intentar apartarla. No vale la pena pelear con la jefa de enfermeras, y menos con una que pesa treinta kilos más que tú. Cuando está detrás del mostrador parece llevarlo puesto.

—Siento haberle avisado, doctor Evans. Pero he hablado con la jefa de servicio y no autoriza la operación.

—¿De qué estás hablando, Margo? ¡La doctora Wong está en un congreso en Alabama!

—Ha llamado para saber si había novedades después de que yo le mandase a usted la alerta al busca. —Me miró como disculpándose y meneó la cabeza—. Cuando se ha enterado de lo del pand . . . , de lo de este paciente, ha pedido que se le estabilizase como marca la ley. Ahora estamos esperando a que algún centro público nos dé autorización de traslado para derivarle allí.

Respiré hondo y apreté los dientes. Era muy fácil para la jefa de servicio dar un par de órdenes desde su suite en un hotel de cinco estrellas. Pero allí, en el mundo real, había un chico al que derivarían a un centro sobrecargado, donde con mucha suerte lo atendería un residente agotado que afrontaría una operación de alto riesgo con pocas garantías. Si echaban a aquel chico del Saint Clement’s, lo más probable es que jamás volviese a caminar.

—Está bien, Margo. Yo llamaré a la doctora Wong —dije, sacando el móvil—. ¿Hay algo que queráis decirme? —pregunté a los paramédicos mientras escuchaba el tono de llamada.

—La bala ha rebotado en la pared antes de darle, por eso no le ha matado —respondió uno meneando la cabeza—. Si le hubiese dado un par de centímetros más a la derecha, apenas habría sido un rasguño, pero . . .

«Su mala suerte es ahora la nuestra.»

Levanté un dedo y me aparté de los paramédicos. Al otro lado de la línea mi jefa acababa de descolgar el teléfono.

—Ni te molestes, Evans.

—¿Qué tal los martinis, jefa?

—No vas a operarle.

—Stephanie, no es más que un niño que necesita ayuda.

—Una ayuda que cuesta noventa mil dólares que nadie nos podrá pagar.

—Jefa . . .

—Evans, nosotros ya hemos doblado nuestro presupuesto pro bono para este año. Y estamos aún en octubre. Lo siento, pero es un no.

—Se quedará paralítico —fue todo lo que fui capaz de decir. Como si ella no lo supiese.

—Tendría que haberlo pensado antes de meterse en una banda.

Que nadie juzgue con dureza a la jefa de servicio Wong por sus palabras. Cierto, es una zorra sin corazón, pero también una cirujana fuera de serie. Su obligación era velar por los intereses del hospital, y eso es lo que estaba haciendo. Y en cuanto a lo de los prejuicios por ser pandillero . . . , los médicos somos así.

Racionalizamos.

Tomamos decisiones difíciles a partir de los datos de los que disponemos y los recursos con los que contamos. ¿Sólo hay un riñón disponible? Se lo damos al paciente más joven, incluso aunque esté varios puestos por detrás en la lista de espera. ¿Fumas dos paquetes de cigarrillos al día a pesar de esos enormes mensajes de advertencia? No esperes que derramemos una lágrima por ti si vienes con cáncer de pulmón. ¿Bebes como un cosaco? Lo más probable es que cuando nos muestres tu cirrosis hagamos chistes sobre paté. A tus espaldas, claro.

¿También yo soy así?

Es una buena pregunta. La respuesta no es sencilla. No soy un monstruo, soy un ser humano igual que usted. Pero paso tanto tiempo viendo el mal que sufren buenas personas de forma aleatoria que, cuando le sucede a alguien con un motivo, le traslado la culpa. Es un instinto de conservación primario del cerebro humano. Trabajo con lo que puedo, intentando no tomarme los casos de manera personal. Los meapilas y los políticamente correctos dirán que eso es inhumano, pero créame, de esa forma podemos dar la mejor atención posible.

Aun así, de vez en cuando un paciente aleatorio hace algo insólito. Aparece ante ti con una colonia fuerte que te recuerda a tu padre adoptivo, un gesto determinado, un deje en el habla. O como en el caso de Jamaal, unos ojillos asustados.

Y entonces todas esas defensas que tanto te has empeñado en imaginar indestructibles se traspasan como un papel de fumar. Y haces algo que no deberías hacer: te implicas.

—Stephanie, por favor . . . ¿Cómo puedo convencerte?

—De ninguna forma. Vas a esperar once minutos a que finalice tu turno y luego vas a irte a casa. Así será problema de otro.

Había algo en su voz, un tono extraño que no estaba descodificando adecuadamente. Me apreté con fuerza el puente de la nariz intentando descubrir qué.

«Once minutos.»

Entonces comprendí lo que implícitamente me estaba diciendo mi jefa. Como cirujano presente de mayor rango, durante los siguientes once minutos la responsabilidad legal del destino del muchacho era mía. Única y exclusivamente.

—Doctora Wong, he de colgar. Ha habido un empeoramiento en las condiciones del paciente. Temo por su vida. Voy a operarle para sacarle la bala.

—Lamento oír eso, Evans —se despidió ella, tensa.

Ladré unas cuantas órdenes lacónicas, y de inmediato los paramédicos se hicieron a un lado. Las enfermeras metieron al paciente en el quirófano. Tenía que conseguir un anestesista, pero eso no iba a ser un problema: ninguno en este hospital sería capaz de negarme nada.

No después de lo que había pasado con Rachel.

Antes de lavarme las manos para la operación, hice una última llamada.

—Svetlana, ha surgido una urgencia. No voy a llegar a tiempo a cenar.

—Muy bien, doctor Evans —respondió ella con su mecánico tono eslavo—. Me encargaré de acostar a su hija. ¿Quiere que se lo diga yo?

Había prometido a Julia leerle un cuento aquella noche. Había roto tantas veces aquella promesa que sentí vergüenza de no ser yo mismo quien lo admitiese.

—No, pásamela —suspiré.

Oí a Svetlana llamando a la niña, intentando hacerse oír por encima del volumen de la tele.

—¡Hola, papi! ¿Cuándo llegas? ¡Te echo de menos! ¡Hay pollo para cenar!

—Hola, princesa. No puedo ir, hay un chico que ha tenido un problema y sólo papá puede ayudarle, ¿sabes?

—Ya.

El silencio que siguió estaba cargado de toda la culpabilidad que puede hacerte sentir una niña de siete años. Fría, pegajosa y desagradable.

—¿Qué estabas viendo? —dije, intentando animarla.

—Bob Esponja. Ese cuando Plancton dice que ya no quiere robar la fórmula de la Burguer Cangreburguer y monta una tienda de regalos.

—Y el señor Cangrejo no para hasta que le convence de que se la intente robar otra vez. Me encanta ese episodio.

—También le gustaba a mami.

Tardé unos segundos en contestar. Tenía un nudo en la garganta y no quería que ella lo notase.

—Iré a arroparte en cuanto llegue. Pero ahora necesito que te portes bien, por el equipo.

Julia suspiró, para dejar claro que no se conformaba con aquello.

—¿Me darás un beso de buenas noches? ¿Aunque esté dormida?

—Te lo prometo. —Invoqué nuestro grito de batalla, el que Rachel había inventado—. ¿Equipo Evans?

—¡Adelante! —respondió ella sin demasiado entusiasmo.

—Te quiero, Julia —fue lo último que le dije antes de entrar al quirófano.

Ella colgó sin contestar.

•  •  •

Eran las once y media de la noche y yo arrastraba los pies por el parking, exhausto tras la larga operación, cuando mi móvil sonó de nuevo. Era mi jefa.

—¿Cómo ha ido?

Arrastraba las vocales al hablar, y supe enseguida que la factura del minibar iba a ser considerable. Probablemente no iría cargada a la cuenta de gastos del hospital, sino que la pagaría la propia doctora Wong en efectivo. Todos los cirujanos bebemos, y bebemos mucho más cuantos más años tenemos. Ayuda a dormir y a calmar el temblor de las manos según te vas haciendo viejo. Pero lo que nunca, nunca hacemos es admitirlo en público. A no ser que, como es ahora mi caso, no tengas nada que perder.

—Bueno, hay un pandillero que volverá a aterrorizar las calles de Anacostia dentro de tres a cinco años. O un poco antes por buena conducta —dije, buscando en el bolsillo las llaves del coche.

—Tendré que informar a la junta. Ya ha habido quejas con respecto a tu uso liberal de los recursos, Evans. Espero que tu informe posterior justifique la decisión de operar.

Por muy agotado que estuviese, aquella frase la entendí a la perfección.

—No te preocupes, jefa. El informe será impecable —dije empapando mis palabras de cinismo—. El Victor Hugo de la literatura médica. No pienso darles la ocasión de despedirme.

Stephanie se rió.

—Si la operación del viernes sale bien, serás intocable. Para siempre. Podrás ser jefe de servicio en cualquier hospital del país —dijo con envidia.

Le agradecí que no mencionase la posibilidad contraria. Sería igual de definitiva.

—No exageres. Será el éxito de todo el servicio de neurocirugía.

Ella se rió de nuevo, un poco demasiado fuerte. Estaba oficialmente borracha.

—Tengo dos exmaridos que mentían mejor que tú, Evans. Ahora vete a casa y descansa. Mañana tienes cita con El Paciente —dijo remarcando mucho las mayúsculas.

—Tranquila, jefa. Puedo con todo.

—¿Qué edad tienes, Evans? ¿Treinta y seis?

—Treinta y ocho.

—A este ritmo no cumplirás los cuarenta, muchacho.

Corté la llamada y giré las llaves en el contacto. El familiar rugido del Lexus resonó bajo el capó, y yo sonreí por primera vez en todo el día. Por primera vez en muchos días, en realidad. Antes de que acabase la semana las cosas iban a empezar a sonreírnos por fin, como no lo habían hecho desde la muerte de Rachel. Tendría un trabajo mejor, una vida mejor. Tiempo para estar con Julia.

«Intocable. Me gusta cómo suena.»

En menos de una hora iba a saber lo equivocado de mis palabras.
About The Author
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Juan Gómez-Jurado is an award-winning journalist and bestselling author. The Moses Expedition and his prize-winning novels God’s Spy and The Traitor’s Emblem have been published in more than forty countries and have become international bestsellers. Gómez-Jurado lives with his family in Madrid, Spain.

Product Details
  • Publisher: Atria Books (August 2015)
  • Length: 480 pages
  • ISBN13: 9781501107740

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