About the Book

Un cazador devoto que ha jurado destruir una secta demoníaca.

Su hermana, dotada con magia que no puede controlar.

El demonio que ha invocado… y tú, el lector.

Advertencia: esto no es solo un libro. Es una invitación. Se sella un contrato en el momento en que pasas la primera página. Si decides seguirlo, él te dará caza. Esta historia no acaba cuando cierras el libro…



Cade Halloway es un cazador, criado por la Orden de la Alianza —una secta construida a base de sangre, sacrificio y poder. Un depredador disfrazado de salvador, pero no está aquí para rescatar a los inocentes. Está aquí para despedazar a los monstruos que se esconden a plena luz del día. Durante años, ha sido su arma. Hasta que descubrió la verdad…, su hermana, Callisto, es la siguiente ofrenda de la lista.

Se suponía que Callisto Halloway debía morir por la Orden, pero su hermano tiene otros planes. Mientras permanece escondida, se pasa el tiempo intentando controlar el poder con el que nació, aquel por el que la Orden mataría. Pero la independencia tiene un precio, y su poder descontrolado invoca a un demonio, Alabster, que supone una amenaza mucho mayor que los humanos que los persiguen. Un demonio que quiere más que su cuerpo o su alma. Y tal vez Callisto esté dispuesta a obedecer.

Ahora, mientras huye de la Orden, el único propósito de Cade es salvar a su hermana. Cuando un hechizo de protección de Callisto sale mal, algo se queda pegado a Cade —una presencia espectral—, algo que no puede explicar y de lo que no puede escapar. Un fantasma que destruye sus defensas, derribando muros que ni siquiera sabía que había construido, a medida que se ve a sí mismo arrastrado hacia él en mente, espíritu y cuerpo. Y puede que sea lo único que puede salvarlos a Callisto y a él.

Tú.



¿Estás seguro de que quieres que te persigan?

Excerpt

Capítulo 1: Cade CAPÍTULO 1 CADE
El ritmo molesto es solo un latido amortiguado a través de las paredes cuando me cuelo por la entrada trasera para inspeccionar la estridente mansión. Todo el lugar está rodeado por una muralla de setos y esculturas muy elaboradas. Incluso hay una en la puñetera entrada para el personal, escondida en el lateral de la propiedad, idóneo para poder entrar sin que me detecten.

Una innumerable cantidad de tonos de dorado se esparcen desde el suelo hasta el techo. Jodidamente exagerado. Mis botas pesadas retumban en el suelo de mármol de la silenciosa entrada. Pasos reverberan en las paredes y rápido me pego a la pared cerca de la puerta, preparando mi trampa silenciosa.

Cuando entra la sombra de un hombre, le engancho la cuerda alrededor del cuello, apretando con fuerza hasta que noto que le corta el suministro de aire. Se retuerce, claramente sorprendido por el ataque. Estoy seguro de que no se esperaba este tipo de ahogamiento en una fiesta como esta. El pobre bastardo. Se intenta arañar la garganta antes de desmayarse en cinco, cuatro, tres, dos, uno… Listo.

Arrastro su cuerpo inconsciente por los tobillos hasta una habitación y lo suelto cerca de un armario. Quitarle la ropa lleva esfuerzo, pero lo consigo y la dejo a un lado. Suelto un gruñido al pelearme con su cuerpo para meterlo en el armario.

Recojo la ropa y salgo pitando de la habitación. Corro por el pasillo hasta meterme en una de las habitaciones de la parte de atrás y dejo la ropa bajo un diván, más tarde voy a necesitarla. Me acerco al espejo de cuerpo entero y me despeino el pelo con los dedos a propósito antes de salir, directo a la fiesta.

La sala apesta a sudor y excitación, una mezcla que me revuelve el estómago. Esta gente me da asco, pero no he venido a juzgarlos.

La masa de cuerpos retorciéndose se entrelaza en movimientos resbaladizos y desesperados por las almohadas de seda dispersas por el suelo, pero no son más que ruido de fondo entre las diferentes formas de pena.

Mi concentración se mantiene en su sitio ante la euforia apenas iluminada. Escaneo la sala mientras me dirijo a la barra del fondo y me siento en uno de los taburetes vacíos. Levanto el dedo para captar la atención del camarero.

—¿Qué te pongo?

—Whisky, solo.

Con un movimiento rápido de manos, el camarero me pasa la bebida. Pero una mujer en lencería hace que me distraiga. Se acerca con una bandeja a un hombre que tiene agarrada por el pelo a una mujer mientras le folla la boca. Mis ojos se topan con la mirada de un hombre de pelo corto y rubio, con facciones delicadas pero que aun así rezuma confianza, mientras se sienta a mi lado.

—Estás demasiado bueno para estar aquí solito —señala en tono sensual, haciéndome un barrido con la mirada.

—No estoy solo. Tú estás aquí. —Le sonrío mientras le doy un trago a mi bebida.

—¿Te gusta lo que ves? —insinúa mordiéndose el labio.

Le echo un vistazo. Tiene el cuerpo cubierto de… purpurina. No, gracias.

Pelirroja, pelo largo, corto, polla grande, un coño donde pueda meterla. Me lo follaría todo, pero no puta purpurina.

En una esquina oscura, una rubia con una máscara plateada suelta un grito ahogado y se estremece. Su cuerpo provoca al extraño sin rostro que tiene las manos sobre ella. Observo cómo el hombre aprieta con fuerza la carne y sus tetas enormes se bambolean mientras otra mujer mete la cara entre ellas. Qué imagen más bonita.

—Perdona, ya tengo el ojo puesto en alguien.

Con calma, me acerco al trío. Le levanto la barbilla de forma seductora y se queda sin respiración.

—¿Te importa si te robo un ratito? —pregunto con una sonrisa socarrona cuando su mirada se encuentra con la mía.

Sus ojos se desplazan hacia abajo, pasando por mi pecho antes de bajar más. Se levanta del suelo con una sonrisa y me agarra de la mano. La guio fuera de la habitación, sintiendo el peso de su curiosidad mientras me estudia.

Duda un momento.

—¿Nos conocemos? Me suena tu cara —murmura en voz baja.

—No lo sé, ¿tienes nombre? —Bajo la vista hacia ella.

—Aquí no damos nombres.

Perfecto.

La guio hacia la habitación vacía en la parte de atrás y la empujo contra la pared. Mi boca encuentra la curva de su cuello, provocándola y saboreándola mientras mis manos exploran su cuerpo. Se le escapa un gemido profundo que hace eco en la habitación, espontáneo y crudo. Me inclino hacia ella…

—Puede que no nos hayan presentado formalmente —le susurro, con la voz grave y pausada—, pero, por ahora…, soy tuyo.

Me pasa las manos por los brazos.

—Joder, cómo me ponen tus tatuajes —exclama antes de atraer mi cara a la suya para besarme. Su lengua se desplaza sobre la mía mientras mis manos recorren sus sutiles curvas.

Agarrándola por los muslos, le levanto una pierna sobre mi antebrazo, inmovilizándola. No pierde el tiempo y me desabrocha los pantalones para luego bajármelos. Rodea mi polla con los dedos y me guía hacia su entrada. En el momento en el que siento su calor, empujo hasta enterrarme dentro de ella.

—Joder, qué bien te sientes —suelto con voz grave.

La levanto aún más, metiéndole cada centímetro de mí mientras la llevo hacia el diván al lado de la ventana. La tumbo boca arriba, sujetándola mientras la empotro sin control.

—¡Dios, no pares! —grita mientras arquea la espalda y tiembla debajo de mí.

Sujetándola más fuerte por las caderas, acelero el ritmo y la penetro sin compasión. Se vuelve maleable para mí cuando cambio el ángulo y encuentro ese punto perfecto…

—¡No pares, Dios, por favor, voy a…!

Siento cómo palpita a mi alrededor mientras bajo el ritmo para saborear este sentimiento. Joder… Voy a correrme y no han pasado ni cinco minutos.

Débil.

Alcanzo el cuchillo que he escondido debajo de la almohada al llegar aquí. Gruño mientras sigo cabalgando su placer y sus gemidos se vuelven imprudentes y espontáneos debajo de mí. Agarro el cuchillo y le corto la parte frontal del sujetador, liberando sus pechos. Tiembla con el contacto frío de la hoja y me mira, con los ojos muy abiertos y oscuros con un toque siniestro.

—Me gusta jugar —susurra.

Joder, eso ha hecho que se me sacuda la polla. Si voy a hacer esto, al menos voy a disfrutarlo.

Pone esos ojos avellana en blanco cuando la penetro sin control y el diván golpea la pared. Echo la cabeza hacia atrás, limpiándome el sudor que me baja por la ceja mientras flexiono los abdominales y mis caderas se mueven de forma errática. Sus gemidos ahogan los gritos de placer que se escuchan fuera. Un grito gutural sale de mi garganta cuando me dejo llevar, llenándola, mi cuerpo palpitando pegado a ella. Mi respiración es errática y tengo los músculos cansados mientras me cierno sobre ella y me bebo su gesto completamente satisfecho.

Suspiro, con los ojos entrecerrados y mi pelo negro haciéndole cosquillas en la barbilla. Mis labios se curvan en algo que no es del todo una sonrisa.

—Vale —dejo salir de forma directa.

Y antes de que pueda reaccionar, el cuchillo se le hunde en la piel suave del cuello.

Sus ojos se abren de pronto, llenos de terror y confusión, como sus labios hinchados, pero no surge sonido alguno. Me quedo ahí, mirando, esperando…, hasta que la luz de su mirada finalmente se desvanece.

Se ha ido. Por fin, joder.

Me pongo de pie con la respiración todavía pesada y me alejo de su cuerpo ya sin vida, su calor desvaneciéndose con rapidez. Me doy la vuelta y miro por la ventana, a las luces que iluminan el camino desierto. La noche hace un contraste silencioso con la habitación al otro lado de la puerta, así que… ¿por qué siento que alguien me observa?

Con movimientos ensayados, me agacho para meter la mano debajo del diván para agarrar la ropa que dejé ahí antes, la del pobre bastardo que trabaja en la fiesta. Lo más probable es que siga fuera muriéndose de frío. Se despertará… tarde o temprano.

Ya cambiado, puedo mezclarme como uno más del personal de la fiesta. Salgo de la habitación, satisfecho sabiendo que el siguiente paso de mi plan ha sido ejecutado. Sin embargo, al cruzar el umbral de la puerta, me asalta un sentimiento de ansiedad abrumador. Un despliegue de colores brillantes que intento controlar cerrando un momento los ojos. ¿Me han drogado? No… Pero no me siento como si estuviera aquí; es una sensación apabullante de alguien observándome, pero no veo a nadie.

¿Qué cojones?

—Tengo que salir pitando de aquí —susurro y se nota el cansancio en mi voz.

Andando por el pasillo, me sujeto contra la pared y mi piel emite un brillo antinatural, una alucinación llena de neones de las luces ultravioletas. Centro la mirada en el final del pasillo, en la puerta.

Abro de un tirón la puerta de servicio del personal, respirando el aire fresco. Me aliso la chaqueta negra. No es el lugar para perder la compostura. Paso al lado de dos hombres fumando, que hablan de cuánto les gustaría participar en las actividades del interior. Mantengo el paso firme, no tardarán mucho en encontrar su cuerpo. Tampoco sabrán que he sido yo. Estaba tan llena de semen que no averiguarán qué ADN se la cargó. Conveniente para mí.

Me subo a la camioneta a la que le hice un puente antes con el pulso latiendo en mis oídos mientras cierro la puerta. El motor se enciende, cambio la marcha y siento cómo los neumáticos se agarran al pavimento. Mientras ajusto el retrovisor, de pronto estoy congelado, como si la temperatura en la camioneta hubiera descendido diez grados.

¿Qué cojones pasa?

Miro a mi alrededor y no hay más coches en la carretera. Es tarde. Es probable que sea el único hijo de puta que se va pronto de una orgía. Nadie me ha visto, nadie me sigue. Y es imposible que alguien esté monitorizando este trasto.

A pesar de mis pensamientos lógicos, se me encoge el estómago solo de pensarlo. No puede ser. He tomado precauciones. Me he salido de la ruta para robar esta camioneta de un pobre pueblerino que estaba demasiado ocupado intentando ligar con dos chicas poco dispuestas en el bar.

No hay forma de que alguien se hubiera molestado en mirarla dos veces. Es solo otra camioneta vieja que no destacaba entre los coches de los empleados aparcados cerca. Así que ¿cómo leches va a estar pillada? No lo está. Y sé perfectamente que no me han drogado. Me he vuelto loco, no hay otra maldita explicación. Me paso la mano por la cara, intentando quitarme la paranoia.

Presiono el freno y doy un ligero volantazo mientras aumenta el malestar, así que me paro en el aparcamiento de un cine. Debería cambiar de vehículo, solo por si acaso. Hay unos cuantos en la zona. Pillo la mochila del asiento del copiloto y pongo el ojo en una ranchera vieja de dos puertas. Cuando intento abrir una de ellas, cede. Qué suerte. Este trasto parece una reliquia olvidada de los ochenta. Oxidada, descuidada y pasa desapercibida por completo.

Perfecta.

Tiro la mochila dentro y cierro de un portazo. Me tiemblan los dedos mientras le hago un puente lo más rápido que puedo, no se me dan bien los cables tan finos. Me peleo un poco con ellos antes de que el motor arranque. Odio esta mierda. Si alguien me sigue, nadie se fijará en esta basura. Quito el freno y el asiento tiembla debajo de mí cuando las ruedas ronronean bajo el vehículo. Afortunadamente, se mantiene en pie lo suficiente para dejarme cerca del aeropuerto. La dejo en una gasolinera abandonada cercana y recorro el camino que queda hasta mi hotel. Mañana estaré de vuelta en Washington, a salvo, seguro y sin ser visto.

El zumbido repentino de mi móvil me sobresalta y lo saco del bolsillo. Es Jack, justo a tiempo. Joder, tengo que espabilarme. Intento que no me tiemblen los dedos y contesto la llamada.

—Ey, ¿está hecho? —pregunta mientras mastica algo al hablar. Me paso una mano por la cara.

—Sí, está hecho —respondo, intentando empujar el malestar que me sube por la columna hacia donde pertenece… ¿Qué cojones me pasa? Aprieto los dientes tratando de concentrarme.

—Cade, ¿estás bien? —pregunta Jack un poco más serio, sintiendo que algo no va bien. Cuando no respondo de inmediato, continúa igual de serio—: Te alegrará saber que he localizado a nuestro siguiente objetivo, y me ha llevado menos tiempo del que esperaba.

—Estos cabrones no se esconden precisamente, Jack. —Sonrío para mí mismo a pesar del creciente sentimiento. La Alianza me creó a su imagen y semejanza, como un arma. Su soldado más obediente.

—Los vamos a pillar, Cade.

Inclino la cabeza, soltando un largo suspiro, pero me sale otra sonrisilla.

—Ya, pero los peces gordos de la Alianza no nos lo van a poner tan fácil.

—Mantén al objetivo vigilado. —Mi propósito vuelve con más fuerza. Por fin, joder. La emoción de la caza, de localizarlos, de llegar a aquellos que mueven los hilos, me da estabilidad—. Ya veré los detalles cuando vuelva.

—Hecho, jefe.

Cuelgo el teléfono y dejo que el silencio se asiente, pero el peso de todo lo demás permanece. Ya no es solo la misión, es algo más que no puedo explicar del todo. Me dirijo al hotel y cada paso pesa más que el anterior. Me tiembla la mano y la siento distante, como si no fuera mía, pero aun así es familiar. Es insufrible, como si me viera a mí mismo desde fuera. Me peleo con la llave en forma de tarjeta y siento los dedos entumecidos al introducirla en la cerradura. Se oye un clic, la luz se vuelve verde y entro.

Me quito la ropa y me dirijo al baño de forma automática. Abro el grifo de la ducha con rapidez y el agua rellena el silencio.

Mis ojos recorren la cicatriz que tengo en el rostro, desde la mejilla hasta la mandíbula, cuando me miro al espejo. El reflejo se difumina, como si en vez de estar aquí estuviera mirando a través del otro lado del cristal. Me centro en mi pelo… Hace mucho que no le doy un corte como Dios manda. Entonces lo veo, un pequeño mechón plateado brilla entre la mata negra de pelo.

—¿Las canas son normales a mi edad? Debe de ser el estrés… —concluyo con la voz hueca, como si no fuera mía.

Me inclino más hacia el espejo para inspeccionar a la intrusa plateada. Cuanto más me acerco, más desconectado me siento. Mi cara… no está bien. Los bordes de mis facciones parecen más suaves y dispersas, como si mi reflejo ya no fuera mío y mis ojos oscuros, extraños. Mientras el vapor cubre el cristal, el reflejo se distorsiona aún más. Entrecierro los ojos mientras me acerco. Parece como si otro rostro se superpusiera al mío… Como una sombra sobre la mía propia, como una capa del gesto de alguien más.

Limpio el vapor, pero el otro rostro se desvanece, deja solo el mío, fatigado y difuminado. Me limpio los ojos, intentando deshacerme de este sentimiento. Ha sido el vapor, un truco creado por la luz.

Me meto en la ducha, esperando que el agua me dé algo de claridad, que me traiga de vuelta a la realidad. El calor se derrama sobre mí, sobre la nuca y la espalda, llevándose consigo la mugre y la tensión del día. Bajo el ritmo constante del agua, mi cuerpo se relaja y se pierde en la comodidad que me brinda. El tiempo pasa, pero en este alivio temporal mi mente vuelve demasiado rápido a la mansión.

Veo flashes de los cuerpos de mis padres enredados en su cama.

La punzada de frío en la habitación del ritual.

El brillo de los artefactos bajo la luz tenue.

Los recuerdos van pasando, pesados e indeseados.

No. Sin distracciones.

Ahora no.

Me habían preparado para tomar el mando de la Orden de la Alianza. Así que sé cómo acabar con ellos. Mi próximo objetivo está a mi alcance y ahora que me he deshecho de su hija; tener acceso a él debería ser fácil. Obligo a mi mente a reencaminarse. «Concéntrate. Todavía queda trabajo por hacer».

Salgo de la ducha y me pongo la toalla alrededor de la cintura mientras me tumbo en la cama. El frescor de la tela en contacto con mi piel hace contraste con el calor de la noche. El sueño se apodera de mí y mis sueños están fragmentados, distorsionados, nada que tenga sentido, todo se retuerce.

Menos una cosa.

Veo a alguien. Sostiene un libro con la mirada fija en las páginas, pero como si pudiera sentir mi presencia, sube la mirada.

No tiene rostro.

Solo un espacio vacío que me mira de vuelta, como si hubiera un gran agujero negro donde debería estar la cara. Pero antes de que pueda procesarlo de verdad… Joder, no…

La negrura tira de mí, me traga por completo, más y más profundo hasta que parece que estoy cayendo sin fin en el vacío.

Ojos me rodean.

Tantos ojos.

Esperando.

Observando.

Puedo sentirlos en la piel. Están por todas partes y siento que no puedo respirar. Entonces llego al fondo, pero no es lo que me esperaba. Es suave. Una calidez familiar, como si me acariciaran, incluso sin llegar a ver nada.

Mi cuerpo se tensa, pero la caricia es cuidadosa, delicada. Manos se mueven por toda mi piel, trazando mi pecho, mi cuello y mis brazos. Cada toque lleva consigo electricidad, que hace que se me ponga la piel de gallina como respuesta, incluso sin poder explicar por qué.

Siento que me pongo duro ante las caricias ajenas pero extrañamente familiares. Las manos exploran mi cuerpo y se mueven más abajo, rozando mis caderas y después mis muslos. Parece tan real, tan intenso, como algo que siempre he querido pero que nunca me he permitido admitir.

—Joder… —suspiro con un susurro—. ¿Quién eres?

No hay respuesta, pero sigue tocando, de forma íntima y precisa.

La sensación me consume. Mis caderas se mecen hacia delante por puro instinto, como si ya no tuviera el control de mi cuerpo. De pronto y sin previo aviso, siento cómo mi polla es liberada de los confines de mis pantalones y se introduce en su boca. Un aura difuminada. Labios moviéndose arriba y abajo a un ritmo preciso y demasiado perfecto para ser real.

—Dios mío… —se escapa de mis labios, amortiguado por el placer—. Me encanta, joder…

Estiro el brazo para agarrar algo, lo que sea, pero solo encuentro aire. Nada tangible.

—¿Qué es esto?

Echo la cabeza hacia atrás, perdido en las sensaciones, pero el momento se desvanece rápidamente, como si nunca hubiese existido. Un momento después, siento la caricia de lo que parecen unos labios en mi frente. Etéreos. Y me despierto de golpe.

Frunzo el ceño y me incorporo rápido con las sábanas enredadas entre mis piernas. La habitación está tranquila mientras el corazón me va a mil por hora. Echo un vistazo al reloj de la mesita de noche: las 3:33 de la mañana. Miro hacia abajo y mi cuerpo me sigue traicionando, duro y necesitado. Se me revuelve el estómago del asco cuando veo la mancha en las sábanas.

—¿Ahora tengo sueños húmedos? —me pregunto, desesperado—. Estoy perdiendo la cabeza.

About the Author

Hanna Harp es artista y narradora de voz, con un profundo amor por el romance oscuro y paranormal. Comenzó a escribir su novela debut, Acechando al cazador, mientras enfrentaba las realidades de la disociación a lo largo de su vida, usando la narración como forma de mantenerse conectada cuando el mundo se sentía irreal. Hanna vive en el Medio Oeste con su pareja y sus dos hijas, aprendiendo a aceptar su mente tal como es y, aun así, alcanzar su propia versión del “felices para siempre”.

Series with Books by the Author

Product Details

  • Publisher: Atria/Primero Sueno Press (October 27, 2026)
  • Length: 288 pages
  • ISBN13: 9781668233221

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