Conversaciones con María (Conversations with Mary Spanish edition)

Mensajes de amor, sanación, esperanza y unidad para todos

(Part of Atria Espanol)
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About The Book

Esta obra nos revela una moderna María que el mundo necesita conocer.

A la edad de cinco años, en el patio de su casa en la ciudad de Long Island, Anna Raimondi tuvo una profunda experiencia. Fiel a su carácter de niña contemplativa, se escondió en una pequeña gruta que una vez había contenido una estatua de la Virgen María. En medio de esa paz oyó una voz, gentil y fuerte a la vez, que le dijo: “Anna, estoy a tu disposición siempre. Acude siempre a mí”. Ese fue el principio de la primera conversación entre ellas. Y aunque tuvieron muchas otras después, las incluidas en este libro tuvieron lugar el año pasado y transmiten el enfático mensaje de María y su deseo de que todo el mundo lo escuche.

A través de Anna, María elabora y nos enseña importantes verdades acerca de:

El alma, su naturaleza inmortal y las lecciones que cada alma debe de aprender.

La oración, su poder, la forma correcta de orar, y la diferencia entre entregarse a Dios y no asumir responsabilidad por las acciones propias.

Lo que ocurre cuando morimos, con revelaciones sobre las realidades del reino celestial, el infierno, el purgatorio y la reencarnación.

María también nos ofrece perspicaces respuestas a preguntas sobre el terrorismo, la crisis global de refugiados, el racismo, la desigualdad entre los géneros, la igualdad matrimonial, y más. Sus conversaciones con Anna son esclarecedoras y provocativas, y le presenta a los lectores un camino de regreso a los sencillos mensajes de amor, perdón y paz que Dios nos dio.

Excerpt

Conversaciones con María (Conversations with Mary Spanish edition) PREFACIO
Hubo dos marcados eventos que me atrajeron hacia María. El primero tuvo lugar cuando yo tenía cinco años. Todavía puedo sentir la calidez dorada de aquella tarde de primavera. Rosas color carmesí y delicadas flores rosadas trepaban y atravesaban una pequeña cerca de jardín pintada de blanco. Yo estaba sola en el traspatio de la casa donde vivía con mi familia en un suburbio de Long Island. Era un jardín residencial como muchos otros con un hermoso césped verde, un sólido manzano creciendo en el centro, y en la parte derecha del césped un columpio que mi padre había construido y pintado con franjas rojas y blancas. Había también una pequeña gruta frente al manzano que alguna vez había sido ocupada por una estatua de María. Hacía tiempo que la estatua no estaba en la gruta, probablemente estaba rota y nunca fue remplazada. Recuerdo que yo llevaba puesto un mini-vestido verde olivo con lunares blancos que mi madre me había hecho. Como cualquier otra niña en esos primeros días cálidos de primavera, me sentía feliz de estar libre del restringido ropaje de invierno. Tal como lo había hecho varias veces antes, esa tarde deslicé mi cuerpo dentro del espacio que ocupaba la estatua. Simplemente me senté y disfruté de la maravilla de ese día. Yo era ese tipo de niña. Mis ojos eran grandes y siempre absorbían el mundo a mi alrededor. Era capaz de sentir la naturaleza y sus maravillas. El fresco y nítido olor del denso césped era casi tangible. La suave brisa me intensificaba los sentidos y me hacía consciente de todo lo que me rodeaba: lo que era visible y lo que no lo era. Oía el suave murmullo de la aspiradora que mi madre movía dentro de la pequeña casa, mientras en el estéreo se oía a todo volumen la voz de Vikki Carr cantando “It Must Be Him” (Debe ser él).

Entonces, aún sentada en la gruta, un sentimiento de paz pura e íntegra se apoderó de mi cuerpo. Me sentí cautivada de emoción a pesar de no tener un punto de referencia que explicara la razón. Cada uno de mis sentidos se agudizó. Sentí la frialdad de la piedra debajo de mis pequeñas manos, su sólida y suave superficie bajo mis muslos y mi trasero. Olí el aroma dulce de las lilas que adornaban el perímetro del traspatio. No me atreví a moverme por miedo a que el estado pasara. Escuché gorriones cambiando de ramas en el manzano detrás de mí y sentí como gorjeaban sus cantos de la mañana hacia el mundo. Y fue entonces, en medio de la sinfonía de sonidos, que sentí la voz de ella. Suave, pero fuerte. Me dijo: “Anna, estoy aquí a tu disposición siempre. Acude a mí siempre”. Un amor incondicional y absoluto se apoderó de mí; un sentimiento que era y continúa siendo tan extraordinario y difícil de describir con palabras. Yo sé que la gente siempre dice eso, pero es muy cierto: Nuestro lenguaje es demasiado limitado para verbalizar sentimientos espirituales o describir el formidable sentimiento de la presencia de María.

No podía moverme. No quería moverme por temor a que esta sensación me abandonara. Y entonces, súbitamente, allí estaba ella, directamente frente a mí. María me sonreía; sus manos se extendieron hacia mí. Yo no hice nada; estaba atónita. Paralizada. Supe sin duda alguna que era María, aunque no se parecía a las imágenes que había visto en libros o en las iglesias. Vestía una especie de toga muy usada; la tela parecía áspera, pero irradiaba calidez. Llevaba un vestido marrón claro debajo de la toga. Tenía piel aceitunada, ojos grandes y suaves color caoba y el pelo color café que le llegaba a la cintura donde llevaba amarrado un cinturón de soga que le sostenía el vestido. Llevaba en la cabeza un adorno de color bronceado, pero sin capucha. Su rostro proyectaba reposo. Sus ojos penetrantes captaron mi atención y se comunicaron conmigo de una manera que sólo puedo describir como si le hablaran directamente a mi corazón. No solamente escuché sus palabras, sino que se mezclaron con mi esencia más verdadera: mi alma. Yo no quería que este éxtasis terminara. Recuerdo que estuve sentada ahí por lo que parecieron horas, catatónica, disfrutando del amor arrollador de esta hermosa visión. Más tarde le conté a mis amiguitos y amiguitas acerca de la Dama en la gruta y jugábamos a que hablábamos con ella, pidiéndole que hiciera realidad nuestros sueños. Éramos niños, abiertos a todos los milagros que Dios nos pusiera delante. La sensación de esa primera vez aún permanece en mí y hace que mi corazón se salte un latido. Y eso, creo yo, es lo que provoca en todos nosotros el amor perfecto. Sé lo que es el amor perfecto. María me lo mostró.

Me quedé sentada un rato en la gruta. Era como si ella me hubiera envuelto en una íntima manta de amor cálido. Cuando finalmente regresé a la casa, el sol todavía besaba el árbol de mimosa junto a la puerta trasera, sus flores rosadas elevándose para abrazar el calor de los rayos solares. Todo parecía estar quieto; los pájaros gorjeaban suavemente. La música que venía de la casa se había atenuado; ahora la voz melosa de Dean Martin había remplazado a Vikki Carr. Subí los escalones que dan a la puerta trasera y vi a mi madre frente a mí, sentada a la mesa marrón oscura de la cocina. Estaba tomándose una taza de café y fumando lentamente un cigarrillo. Mi madre era joven en ese entonces, tenía alrededor de veintiséis años. Recuerdo que vestía pantalones blancos. La casa olía a pulimento y lejía y al fuerte aroma del café; el humo del cigarrillo flotaba y dejaba un olor a rancio.

Me senté en la silla frente a ella con mis pies colgando. Le pregunté si alguna vez había visto o hablado con María. Sin alzar la cabeza aspiró una bocanada del cigarrillo y continuó hojeando su revista.

—¿Qué María? —preguntó.

—María, la señora de la iglesia —respondí cautelosa.

Mi madre levantó la cabeza. Sus ojos se posaron en los míos. Transcurrió un largo silencio antes de colocar su cigarrillo en el cenicero y, con la mayor certeza que pudo, me dijo que quería saber de qué se trataba todo esto. Le conté lo que había visto y que María me había hablado. No se asombró tanto ni actuó con tanto desdén como yo imaginaba que lo habría hecho cualquier otra persona adulta. Uno tiene que entender que mi madre era creyente mucho antes que yo. Mis dos padres eran profundamente religiosos. Ella cuidadosamente expresó que creía que había personas verdaderamente dotadas y que, si yo había visto a María, debía seguir orando y creyendo. Mi confesión resultó ser una jubilosa ocasión para mi familia. Cuando mi padre se enteró de nuestra conversación, reaccionó exactamente igual que mi madre.

Mirando atrás, me doy cuenta de que esta fue la manera más perfecta en que María se presentó ante mí y en el momento más ideal de mi vida. Yo no era más que una niña, aún no marcada por las costumbres o el juicio de los demás. Yo actuaba con el corazón y en armonía con el alma. Sentía el poder de Dios en la naturaleza, pero era demasiado joven para darle voz. María alivió todos mis temores y su amor me envolvió y me sostuvo. Había algo acerca de su belleza, su serenidad y su amor que me llenó de una fe inmediata. En mi inocencia, no tuve razones para cuestionar por qué ella se acercaba a mí y cómo eso era posible. Lo único que puedo decir es que fue una experiencia profunda.

Aunque ahora la oigo y la siento en todo lo que hago, nunca más la he vuelto a ver realmente de aquella manera. Trato de no cuestionar por qué y entiendo ahora, tras días de abrigar la esperanza de verla otra vez, que realmente no necesito verla con mis ojos. Es mucho más importante sentir su presencia alrededor mío y dentro de mí, conectándome realmente con su esencia. No importa cuál sea su apariencia; lo que dice y cómo me hace sentir es mucho más significativo.

Varias décadas más tarde, un día en que el frío cortaba en el invierno de 1989, salía del edificio donde trabajaba cubierta por un abrigo grueso con el zíper cerrado hasta la barbilla y mis ojos asomándose debajo de un gorro tejido de esquiar. Era la hora de almuerzo. Tenía veinte y tantos años y sentía que mi vida no tenía rumbo. Estaba casada y añoraba tener un hijo, pero no podía concebir; mi trabajo no me satisfacía y sentía que vivía como un robot haciéndolo todo sin ninguna pasión. Estaba desilusionada de la vida y cayendo en una depresión. En esa época, trabajaba en la Avenida Madison de Nueva York y detestaba mi trabajo, lo cual contribuía a mi sensación de estar perdida y vacía. Me sentía atrapada en un rumbo donde no quería transitar. Es más, me sentía como si alguien me hubiera metido una mano sucia dentro del pecho y me estuviera arrancando el corazón que latía lentamente. Me estaba sumando a la infrenable y agotadora carrera en que la gente enloquecía por alcanzar fortuna y poder, y estaba rebelándome, a un nivel emocional y espiritual. El mundo de los negocios era más que lo que yo podía manejar. Era cruel y agresivo. Nada de eso funcionaba para mí.

Mientras seguía caminando, el viento me golpeaba las mejillas sin piedad y me sacaba lágrimas. La Avenida Madison estaba llena de gente andando de prisa, yendo de un lado a otro, todos con un propósito. Me sentí como si estuviera abriéndome paso a empujones por la calle. Esta era mi vida. Me sentía adolorida e incómoda física y emocionalmente. No sabía a dónde dirigirme para sentirme viva otra vez. Y entonces, en ese laberinto de gente, entre el resonar de una sirena, el denso quejido de un autobús municipal y el golpetear de una espátula proveniente de un puesto de comida callejero, oí un suave susurro; sentí una presencia relajante que me dijo que fuera hacia María. No me detuve a pensar, mis pies parecían moverse por su propia voluntad y me dirigí hacia el sur a la Catedral de San Patricio.

Al entrar en la catedral, me acogió el acerbo aroma del incienso. El intermitente resplandor amarillo y anaranjado de las velas alumbraba el oscuro templo mientras la gente deambulaba alrededor, algunos orando, otros simplemente aceptando impactados la magnificencia de la estructura. Me dirigí a la capilla de la Dama. Acercándome al pequeño santuario hurgué en mi cartera buscando monedas para prender una vela. La quietud era casi surrealista comparada con la ruidosa ciudad afuera. Me encogí ante el sonido de las monedas al caer en la caja de ofrendas. Prendí una pequeña vela de oración color perla en la fila superior de la desvencijada plataforma de hierro. Permanecí de pie, con la mirada fija. La llama tembló inicialmente pero enseguida creció, absorbiendo el aire a su alrededor. Una idea me invadió: ¿estaba acaso yo estancada en un momento débil de mi vida? Me sentía muy insustancial y vacía. No atiné a invocar una intención de orar cuando prendí la vela. La luz en la capilla deslumbraba y la prominente estatua de María se alzaba sobre la docena de bancos usados color avellanado frente a ella. Encontré un espacio desocupado atrás, me arrodillé y dejé que las lágrimas corrieran flagrantemente. Al comenzar a rezar fervientemente el rosario, utilizando mis dedos en lugar de las cuentas, me invadió una tranquilidad. Sentí que la furiosa tormenta que habitaba mi corazón se había aplacado. Las lágrimas cesaron y escuché a María. Me dijo que todo estaba bien; que había llevado mis oraciones a Dios y que fueron respondidas. Me dio esperanza; le creí y en ese momento supe que todo iba a estar bien. Me sentí como alguien que aspiraba paz en el alma. Alcé mi mirada hacia la estatua de María frente a mí y mi corazón palpitaba lleno de gratitud. Mi rostro aún estaba marcado por lo que quedaba de mis lágrimas y lo que vi entonces me quitó el aliento. Un bebé varón, envuelto en una reluciente manta color marfil reposaba en los brazos de la estatua de María. Yo estaba paralizada. El corazón me comenzó a latir incontrolablemente en el pecho. La experiencia era emocionante. María me dio instrucciones de mirar a los luminosos ojos pardos del bebé. Y me dijo: “Cuando él venga a ti, lo reconocerás por los ojos. Y sentirás las bendiciones de Dios”. En septiembre de 1990 nació mi hijo. Recuerdo haber mirado sus cálidos ojos pardos y saber que Dios estaba bendiciendo a mi familia.

Veintiséis años más tarde, en el otoño de 2015, María vino a mí una tarde cuando yo estaba sentada afuera de mi casa en Connecticut. Acababa de regresar de Medjugorje, una región en Bosnia y Herzegovina conocida por ser el sitio donde María se le apareció a seis niños locales en 1981. Estos niños describieron a María como una mujer vestida con una bata blanca y una corona con doce estrellas en la cabeza y que aguantaba un bebé en sus brazos. María se les apareció a los niños muchas veces y continúa apareciéndosele todos los meses a una de ellos, Mirjana Dragicevic, quien sigue viviendo en Medjugorje. Peregrinos procedentes de todo el mundo todavía acuden a este pequeño pueblo rural para estar expuestos a la energía de María.

Ya de regreso a casa, estaba relajada en una vieja silla de teca, con los pies en pantuflas apoyados cómodamente sobre el muro de piedra gris en el borde de la plataforma del patio y pensando en el viaje. Me di cuenta de que no me sentía más cerca de María que antes del viaje. Y de pronto me percaté que no necesitaba viajar al otro lado del mundo para encontrarla porque siempre ha estado conmigo. Esta realización pareció calmarme y me trajo paz.

Las ranas croaban en el bosque y a ratos se oía el sonido de algún otro animalito escurriéndose o la sombra de un pájaro volando de rama en rama. Miré hacia el cielo. Me deslumbró su vastedad. Las estrellas brillaban y recordé sentirme tan minúscula, tan insignificante en la inmensidad de todo esto. Sentí el vigoroso palpitar de mi corazón mientras me envolvía el cielo. Contemplé el cielo durante lo que me parecieron horas, aunque probablemente fueron apenas unos minutos. Entonces comencé a sentir a María… entraba flotando en mis sentidos y yo le daba la bienvenida. María me dijo de manera suave pero enfática que ella era la madre de la humanidad y que deseaba utilizarme como un canal para llevar su mensaje a multitudes de personas de todas las religiones, etnias y razas. Dijo que el momento había llegado de aprender a acercarnos a Dios y encontrar gozo y paz en nuestras vidas.

Aunque era gentil, había cierta urgencia en su tono. Sentí una sensación de pánico. María calmó mis temores y me dijo que ella hablaría a través de mí para que el mundo pudiera salvarse. Dijo que habría más y más personas que la escucharían a través de mí y que se sentirán atraídas a la luz Divina. Me aseguró que me traería a las personas apropiadas. Y en poco tiempo eso fue lo que ocurrió. Varios caminos e introducciones me llevaron al vehículo que María quería que yo utilizara: este libro que tienes en las manos. Hace dos años no tenía un solo pensamiento acerca de escribir y, sin embargo, poco tiempo después de esa noche cerré un trato con una de las casas editoriales más prominentes del mundo. No transcurrió mucho tiempo antes de que las primeras palabras de este libro estuvieran escribiéndose en la pantalla de mi computadora, de María a través de mí. Esta es la manera en que ella quería que el mundo la oyera y me siento muy honrada de ser la persona que ella escogió para difundir sus palabras. Y yo sé, sin duda alguna, que este es sólo el comienzo.

About The Author

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Anna Raimondi is a motivational speaker, teacher, intuitive, and author. She holds a BA in Clinical Psychology, an MBA, and is a certified hypnotherapist, grief counselor, and spiritual counselor. She has taught, worked with clients, facilitated retreats, and presented seminars around the world. Anna’s mission is to give others the tools they need to live their lives in joy, while following their souls’ mission. She lives in Connecticut with her husband.

Product Details

  • Publisher: Atria Books (November 2018)
  • Length: 208 pages
  • ISBN13: 9781501187247

Raves and Reviews

“Un hermoso y enfático libro que muestra a la Divina Madre más accesible para todos. Las meditaciones son especialmente bellas”.

– Tosha Silver, autora de Ábrete a lo inesperado

“La hora ha llegado para que todos prestemos atención al mensaje de María de amor, paz y sanación”.

– Christiane Northrup, MD, autora del bestseller del New York Times Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer y Las Diosas nunca envejecen

“Fascinante y provocativo . . . Ofrece sabiduría y consuelo para todos”.

– Huffington Post

“Una guía profunda e inspiradora sobre la espiritualidad moderna”.

– In Touch

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